Te sientes nervioso como un adolescente. Da igual la edad que tengas, ni el convencimiento que tengas de un resultado. Nunca controlas la situación; Haces ver eso, eliges cuidadosamente el sitio, llevas el peso de la conversación, marcas los tiempos. Poco a poco vas sonsacando el tema. Parece que la cosa va bien. Continúas. Parece que la cosa va bien. Realizas una aproximación. Empiezas a creer en ti y en tus posibilidades. No por ello bajas la guardia. Notas cierta tensión, aunque no es una tensión ni mucho menos desagradable. Notas ciertos nervios también enfrente de ti. No sabes cómo interpretarlos, puede ser una buena o una mala señal. Pero ya has llegado demasiado lejos para dar la vuelta. Parecería una huída. No, sería una huída, y sería muy ridículo. Así que sigues el juego. Tratas de controlarlo, cada mirada, cada contacto, cada frase, cada pregunta, el tiempo…. Un intento de olvidar que, en realidad, tú no controlas nada. Y cuando crees que es el momento apropiado, te expones...
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