El puñetero ojo de la cerradura era demasiado grande, de esos para las típicas llaves enormes de los dibujos infantiles, de las que ya no se utilizan. Pero ese, si bien era un contratiempo, no constituía el problema sustancial. Ese maldito ojo crecía, alcanzando progresivamente un tamaño que no sólo no existía llave en el mundo para aquella cerradura, sino que dejaba en evidencia mi espionaje a través de su luz. Miguel Ángel Pegarz c YBRGHOST
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