Al fin la música sorda. Años intentándolo. Apartándose. Primero de la ciudad, ese infierno de onomatopeyas alfa compitiendo entre sí. Luego el pueblo, tiempo lento pero con sus propias melodías. Optó por convertirse en ermitaño. Se retiró al bosque. Evitó las óperas humanas, pero descubrió que la naturaleza es una insidiosa sonata de ruidos animales y viento entre hojas. Para cuando subió a la montaña, ya todos lo tenían por loco. No era del todo falso; esa búsqueda del silencio absoluto le estaba trastornando. No alcanzó su meta en la cumbre, ruido blanco natural. Descartadas todas las opciones mínimamente razonables, se imponía la solución radical. Volvió a la civilización, se esforzó entre el ataque de sonidos por convertirse en el candidato ideal. Y se enroló en una expedición a la Antártida como personal de apoyo. Llegados a ese punto, vagar por el mar de hielo fue lo más fácil. Las inhumanas temperaturas eran lo de menos. Y aunque el viento perseveraba en su acoso, el plan ...
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