Siempre le costaba entrar. El trabajo era menos arduo, pero le cambiaba los bioritmos. Y se hacía eterno. Retrasó y ralentizó intencionadamente las tres o cuatro tareas rutinarias. Un café. El café sabe distinto por las noches. Lo tomas con más calma, lo disfrutas más, y si estás en el trabajo es casi un compañero. Leyó la prensa, con calma. Si no estuviera en el trabajo no leería la mitad de los artículos de los dominicales que se había “tragado” esa noche. Una llamada. Nada serio, resuelto en un par de minutos. Pero ya recordó porque no traía un libro. A veces llama por teléfono a veces recibe la llamada de su mujer. No se alarga mucho. Primero porque nunca pasa nada, pero está en el trabajo, y por poder puede. Segundo porque no hay mucho que hablar, hace poco que hablaron. Le jode. Puede pasarse el día separado de ella, pero le gusta acostarse un par de minutos después que ella ya abrazarla un rato antes de dormir. Otro café. Aún queda mucha noche. Ordena papeles, planea, escri...
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