Hacía muchos años que había dejado de ser joven, incluso bastante que había dejado de ser un hombre maduro. Era un viejo. Nunca entendió porqué la gente se empeñaba en evitar esa palabra. Se seguía levantando con el Sol, como había hecho desde que tenía uso de razón, aunque ya no recordase cuando fue. Las articulaciones le chirriaban como bisagras oxidadas, y no conseguía traer a la mente un día en que no le doliesen los huesos. La casa era como él, vieja dura y fría, y con más desconchones de los que uno tuviera paciencia a contar. Estaba sola en medio de una enorme planicie y era a todas luces demasiado grande y con más terreno del que un anciano pudiera llevar. Desayunaba fuerte, por lo que pudiera venir. El médico le recriminó en una ocasión que aquella dieta le perjudicaba y lo solucionó. No volvió al médico. Los pocos que le conocen bien cuentan que en tiempos fue amable e incluso alegre; pero la viudedad le convirtió en hosco y rudo. No obstante había de ser rudo, si no cómo ...