Hacía un día de perros y no veía la hora de que llegara el maldito tren que le devolvería a casa. Subió apresurado y se sentó en el primer departamento en que halló hueco. Se quito la gabardina y la gorra y más tranquilo, tomó asiento. Una vez acomodado hizo un breve recorrido visual por sus acompañantes: Una señora mayor que miraba alternativamente con recelo a todos los pasajeros mientras asía con firmeza su bolso. Una chica joven, y siendo francos bastante guapa, que bajaba la mirada apenas se encontraba con otra. Un maduro gordinflón que debiera pagar dos billetes, pues ocupaba dos puestos. Y un tipo más o menos de su misma edad, que no se había quitado el abrigo, pese a que no hacía frío en el vagón, y un sombrero tapándole la cara, seguramente tratando de dormir un poco. El tren abandonó aquella infernal estación y continuó su rumbo con intenso y constante traqueteo. Tras recorrer sus buenos kilómetros de llanura, alcanzó las montañas y comenzó el juego de luz y oscurid...
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