El ambiente era agradable. La luz tenue, con reflejos rojizos. Las paredes cubiertas de tapices de terciopelo negro salpicado con dragones rojos. Terminaba de adornar la estampa una decoración caótica: un piano, un maniquí roto, un samurái en bronce a tamaño natural… Sonaba música de los 80. El ambiente habría aún más onírico si no fuera porque ya hemos llegado a la edad en la que esa música no es de otros tiempos. Adornaban la barra múltiples anuncios del lugar en cuestión, ingeniosos, elaborados. Eso añadía solera al lugar. Desconozco si la camarera tenía solera, lo que le faltaba era clase. Ademanes bruscos al despachar y más pendiente de su grupo de amigas al fondo de la barra que del cliente. Y no sería porque fuera una novata, porque pese a la tenue luz se podía apreciar que su adolescencia ya la había vivido con las canciones que sonaban. Pese a la camarera el lugar prometía, pero ahí cometí mi primer error. Encargué, como en mi suele ser costumbre, un café. Es cierto que la taz...
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