María se levantaba todos los días a las cinco de la mañana. lo primero que se le venía a la cabeza, después de la típica maldición al despertador, era el dolor de su espalda y el entumecimiento de sus manos. De lunes a sábado limpiaba oficinas para una empresa de servicios, y al terminar, se hacía escaleras en modalidad freelance que dicen ahora los modernos. Los fines de semana limpiaba un pub en la zona pija de la ciudad. No tenía adicción al trabajo, tenía dos vástagos: un varoncito de doce años y una hembra adolescente en plena ebullición hormonal. Recogía al menor del colegio a las cinco de la tarde, y comía algo mientras revisaba las facturas y el niño protestaba por la merienda. Raramente su hija estaba en casa al llegar, ni la esperaba hasta después de la cena, que se calentaría al microondas mientras criticaba la mierda de cena, se quejaba de tener que llevar a su hermano hasta el colegio y le gritaba por negarse a comprarle tal marca de pantalón o tal otra de camiseta que s...
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