Él cerró dando un portazo al entrar en casa. Ella hizo lo mismo con la puerta de la cocina. Él le gritó que si le parecía forma de cerrar la puerta. Ella le contestó que la culpa era de su madre, por consentirle tanto. Ella con sorna respondió que era mucho mejor su padre y sus golpes, que se notaba el resultado. Él cortó diciendo que fueran a comer, que la silla medio rota para él, por inútil y no arreglarla. Ella dijo que si quería comer se calentara algo, que las lentejas, frías y requemadas, se las iba a tragar todas ella, a ver si así espabilaba de una vez. Él, fuera de sí, estampó el mando de la tele contra la pantalla de plasma. Ella respondió estrellando contra el suelo una de sus macetas. Él salió como una exhalación de casa, directo al coche, rayándolo de adelante a atrás. Ella cogió la perrita y, llenando el fregadero, le sumergió la cabeza. Entonces recordó que era un regalo de él y, suspirando con furia, soltó al animal y dio ...
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