Desde algo antes de las Navidades he cogido la costumbre de ir con cierta frecuencia a comer al campus. Fundamentalmente cuando estoy en turno de mañanas. Resulta cómodo, rápido y es económico. Pero no es promocionar las excelencias de comer fuera lo que ha hecho que me ponga a escribir. Comer sólo fuera de casa es una experiencia. Si además lo haces en un comedor universitario la experiencia se multiplica. El comedor es una enorme sala cargada de gente peculiar. Habitualmente no nos damos cuenta, vamos con nuestra compañía y estamos pendientes de ella. Pero cuando vas a comer solo la cosa cambia. En primer lugar, observas más a tu alrededor, no tienes con quién conversar ni a quién atender entre bocado y bocado. Y descubres una “fauna” curiosa. En tu alrededor, si eres curioso como yo, captas, sin ninguna mala intención, retazos de conversaciones ajenas. Así descubres cosas curiosísimas, como que las póco más que adolescentes aspirantes a divinas de la muerte de la mesa de enfrent...
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