-¿Puedo quedarme con sus juguetes?-. Los verdes ojos del chico brillan suplicantes, destacando aún más con su piel de ébano. El soldado, su arma aún humeante, mira la escena con indiferencia. Una mujer, un varón, y tres niños mulatos. O más bien, lo que queda de ellos ante una choza de adobe. El chico ha oído el estruendo del fusil y ha salido corriendo de su choza. ¿Asustado? No, los disparos son una constante en su breve vida. Posiblemente uno quitase de en medio a su madre, y por eso ahora pasa los días solo y aburrido. Ahora esa pelota y esos muñecos no tienen dueño, y no cree que el tipo los quiera. El hombre deja entrever una mueca, que podría calificarse quizá de sonrisa. -Son tuyos. Pero ten cuidado con quién te mezclas-. El chico no entiende la advertencia, ni falta que le hace. Se abalanza presuroso sobre los juguetes antes de que el soldado cambie de opinión. El hombre se carga el fusil al hombro y se da la vuelta, hacia el jeep donde le esperan sus compañeros, charlando a...
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