Como cada mañana se levantó temprano, cuando aún no había amanecido del todo. Se colocó cuidadosamente el kimono y abrió las puertas. Respiró profundamente, cinco veces, cinco segundos por vez. Cogió su bastón y uno por uno bajó los tres escalones que le separaban del mar de arena que constituía el jardín; tres segundos por escalón. Caminó diez metros, ni uno más ni uno menos, con paso lento y calculado. Trazó una línea en la arena con el bastón, un metro, y se puso de rodillas. Por espacio de trece minutos estuvo allí, impávido, los ojos cerrados, ajeno a la fuerte lluvia que le atacaba el rostro. Transcurrido el tiempo abrió los ojos, desgarró el aire con un fuerte grito y retornó a la casa, despacio. Desde hacía ya veinte años, sin que nadie conociera la causa, Yoritomo repetía aquel ritual, ajeno a todo lo que le rodease, le atacara el frío o le acariciase el calor. Y una vez al año, siempre el mismo día, después del grito dejaba deslizar un par de lagrimas por sus mejillas. CYBR...